sábado, 8 de mayo de 2010
Visita a "La aventura de ser maestro"
Acerca de mi propia experiencia docente, puedo decirles que yo también sentí ansiedad en el primer día de clases, pues no había preparado material para dar una clase, y esto no por dejadez o flojera, sino porque originalmente yo iba a trabajar en recursos humanos en la DGB. Y el primer día que me presenté a trabajar me mandaron al Colegio Preparatorio porque necesitaban un maestro de literatura. Con todo, y a pesar de la angustia que me provocó mi inesperada irrupción en la docencia, logré manejarme bien frente a los alumnos ese primer día.
Creo que uno de los puntos que más me emocionó de la lectura de Esteve fue el de la calidad humana de la educación. Creo que esto no solamente aplica a materias como las que yo imparto, que son precisamente del área de humanidades y ciencias sociales. Pero lo que quiero enfatizar es que esta lectura me afirmó en la idea de que el taller de lectura y redacción no debe ser enseñado como un conjunto de operaciones mecánicas de lectura y escritura, sino que debo provocar en los alumnos un compromiso con estas dos actividades, ya que son hasta cierto punto dos de los rasgos que se encuentran en la base de nuestro conocimiento y nos definen como seres humanos.
Bibliografía:
Esteve, J. M. (2003). La aventura de ser maestro. Ponencia presentada en las XXXI Jornadas de Centros Educativos
Universidad de Navarra. 4 de febrero de 2003. 6 pp.
Génesis (Mi confrontación con la docencia)
En el principio pensé que era la muerte quien me acercaba a la docencia. No mi muerte, ni su proximidad; ni una esclarecedora y repentina visión de lo fatal de nuestro destino; sino una muerte que era de otro. Aunque apenas hace cuatro años, ignoro ahora la fecha exacta del deceso; aquella primavera persiste en la memoria familiar como una serie de fotografías borrosas a las que no se visita a menos que sea necesario. Desempolvo ahora aquella que será la que habrá el ciclo de mi estancia en la docencia: mi tío Isaac Morales Alonso murió a los 4# años de edad, sin descendencia que perpetuase su legado. Casi un mes después –todavía en primavera, siempre en primavera- sus padres, mis tíos abuelos, me contaron una de las ideas que él tenía:
-Nos dijo que cuando se jubilara, te dejaría sus horas para que tuvieras algo con que comenzar. Pero ya no llegó a jubilarse, ya ves.
Y como yo apenas terminaba el tercer año de la licenciatura en lengua y literatura hispánicas, acepté el ofrecimiento, en el entendido de que sería un trabajo provisional. Algo para no empezar mi vida laboral con las manos vacías. Poco más de un año después, habiendo terminado la licenciatura y ya inscrito en la maestría en lingüística aplicada en una universidad del estado de Puebla, comenzaba a laborar con mis flamantes primeras 7 horas en la prepa Juárez. Durante los dos años siguientes llegué a trabajar 10 horas, solamente los lunes y viernes, porque de lunes por la tarde a jueves por la noche yo estudiaba en Puebla.
Como dije, al principio pensé que era la muerte quien me acercaba a la docencia. Cuando comencé a ejercerla me percaté de mi error: no era aquella, sino la sangre quien me llamaba. No se trataba nada más de continuar el legado de mi tío; era que realmente disfrutaba estar frente a un grupo intentando envolverlos a ellos también en mi amor por la lectura en general y las minucias del lenguaje en particular. Mientras iba compartiendo con mi primer grupo la aventura de encontrar la literatura en la vida, descubrí que esta sería una de mis grandes pasiones. Porque no solamente me gusta enseñar en la escuela. Siempre que me preguntan sobre mi materia, sobre lo que hago, acabo enseñando; a veces más, a veces menos, pero siempre acabo enseñándole a los demás al menos un detalle acerca del lenguaje. No quiero decir que ya lo sé todo: ¡apenas sé nada acerca de tantas cosas!, pero durante ese primer semestre dentro del magisterio, que fue todo experimentación, mucho de juego y algo de llanto, comencé a descifrar lo que significaba para mí ser profesor.
Claro que he sufrido mis descalabros. Por mucho que uno sea entusiasta en lo que hace, la férrea voluntad de indiferencia de algunos de nuestros adolescentes puede desanimar en un mal día hasta al más quijotesco de los maestros. Y aunque es hermoso saber que por causa de uno alguno de ellos leyó su primer libro por placer, o se decidió a estudiar la misma carrera; también existen aquellas almas contrarias al espíritu a quienes no se les podrá convencer por más que se trate. Sin embargo, tengo fe en el poder transformador de la educación. Confío en que la literatura y el conocimiento del lenguaje pueden hacernos mejores personas. Y, aunque a veces haya días grises, cuando miro a mis alumnos imagino su futuro con esperanza, deseando que aquello que intenté transmitirles no haya quedado en el olvido, sino que se vuelva parte de ellos mismos de modo que, aunque en el futuro yo no forme parte de sus memorias, aquello que aprendieron conmigo sí lo sea.
Los saberes de mis estudiantes
El texto que leerás a continuación surgió como una reflexión acerca de los usos que los alumnos de bachillerato mexicanos le dan al internet; el texto lo redacté después de haber aplicado alguna de estas reflexiones al salón de clases. A continuación lo comparto:
Después de una detallada observación en y fuera del aula me he percatado de que los estudiantes realizan múltiples tareas en Internet con un alto grado de competencia, entre las que destacan la capacidad de establecer múltiples conversaciones en espacios virtuales adecuando el uso del lenguaje a cada contexto, dependiendo de la relación que se tenga con el interlocutor; además promueven el intercambio de información o archivos entre sí, por lo que las compras de música o videos en Internet no son frecuentes entre ellos, pero sí la descarga gratuita y el “P2P sharing”. Otra actividad que realizan mis alumnos es la creación o modificación de archivos de imagen para subirlas a las páginas de redes sociales, además de la publicación de comentarios acerca de esas imágenes o simplemente del contenido de las páginas de sus amigos.
Lo que puedo hacer para aprovechar esos saberes en el aula es llevarlos a comprender que este tipo de interacciones en la red forman parte de lo que llamamos “textos personales” y que por lo tanto está bien que escriban ahí con una “ortografía especial”; esto nos ayudará a crear una mejor recepción de la norma en cuanto a ortografía se refiere, pues no le estaremos imponiendo las “reglas de la RAE” y arrancándole las propias como ilegítimas, sino que estaremos ofreciéndole una alternativa para hacerse entender de una mejor manera con el mundo de los adultos al cual, eventualmente tendrá que integrarse por completo.
También puedo utilizar su conocimiento de las páginas de redes sociales, o el uso que hacen de los mensajeros instantáneos para ofrecer asesorías en línea sobre algún tema que hayamos visto o que les preocupe sobre la materia. Es importante hacer notar que mientras yo puedo enseñarles contenidos de ellos puedo aprender formas para hacerlos más atractivos para alumnos de su edad. Alguno podría enseñarme a manipular las imágenes o los textos con los que trabajamos para que realmente les resulte visualmente interesante o hasta desafiante aquello que leamos.